¿Cuánto “yo” es suficiente?
Que esté, es necesario; que sea mucho, no ayuda…
Leí alguna vez un reportaje que decía que “Dinamarca es el mejor país del mundo”.
Y lo sostenía en que, afirma ese autor, tiene sistemas de salud como los países nórdicos, pero más baratos; un gobierno eficiente como el alemán, pero que trata a las personas como personas; con más humanismo que Francia o España, pero con menos aprecio por el ocio y la dolce vita; con vastos territorios, particularmente con Groenlandia, pero que no te presume nada de ello. Espera que tú mismo te des cuenta de que es más maravilloso que sus vecinos, que sus modelos o que sus rivales.
Y que ese pequeño rasgo de humildad, de saber que no necesita aplauso porque sabe que es maravilloso, y que deja que lo descubras por ti mismo, es lo que lo hace a ese país tan especial. Dice, en resumen, que tiene lo mejor de Europa sin restregártelo en la cara.
También leía que cualquier autor que anuncie que es totalmente objetivo en sus textos, particularmente si es un periodista, te está mintiendo.
Por naturaleza, el trabajo humano debe llevar una parte de quien lo ejecuta, parte de su yo, de sus miedos, de sus alegrías, de sus experiencias, de aquellas cosas que sueña y de aquellas que ha logrado. De las alternativas de vida que se propone o de cosas que le hubiera gustado vivir de otra manera. Es necesaria la presencia humana, vivencial, en el texto.
De allí se deriva la gran duda: ¿cuánto “yo” es suficiente? Hablar demasiado de uno mismo hace que el texto se vuelva incómodo, molesto y, por supuesto, que no conecte bien con el público.
Tratar de quedarte totalmente fuera de la historia es otra manera de hacer un texto inadecuado e insuficiente. Y ese es uno de los problemas con la inteligencia artificial. Cuando alimentas el modelo con textos y le pides que te haga algo parecido al estilo que le estás dando, “pero escrito por mí”, no le sale bien. Genera algo tan suficientemente genérico e inútil que no será ni el texto de la fuente original ni será algo tuyo.
Y entre más se parezca a todos los demás textos autogenerados, menos interesante y elegible será. Es decir, el antídoto contra la inteligencia artificial es meterle un poco de “yo” a tus textos. Que cada texto sea un reflejo, pero como de casa de espejos de una feria tradicional, es decir, que te altere, te modifique, te cambie; te exagere algún rasgo para que no seas perfectamente identificable a simple vista. Pero que no dejes de ser tú.
El problema es que encontrar ese balance no es fácil. Si hablas únicamente de ti en primera persona, te vuelves francamente ilegible, poco interesante y que, salvo algunos cuantos fans que podrías tener, es un texto que a nadie le interesa. Del otro extremo, quedarte totalmente fuera de la ecuación, hace un texto genérico, predecible y perfectamente inútil. Ese sí no deja nada por leer porque podría leerse firmado por alguien más y ser muy similar o incluso idéntico.
Así que ese es el gran dilema. Qué tanto de tu vida la vas a incluir en los textos y qué no. Y qué tan claro será para las personas que te conocen y pueden identificar tu fuente original. No debería ser tan nítido.
Por ejemplo, en Clara Sandra solía soñar, hay una escena de un accidente automovilístico que tiene que ver con una experiencia que viví viajando con mi jefe de México a Guadalajara, tal cual nos pasó, excepto que el accidente que se provocó ni nos afectó directamente ni fue tan grave como se anuncia. Aunque si lo dejaba con un mero choque, pasaba sin pena ni gloria; había que hacerlo más espectacular para que justificara su presencia en la novela. Cuando lo leyó, me dijo: “Esa es nuestra historia, pero así no pasaron las cosas. De entrada, tú no ibas manejando…”.
De manera similar, la escena del hipódromo y las carreras de caballos se basa en que sí, es un paseo que me gusta mucho y procuro ir al menos dos veces al año. Además, porque una vez que llevé a mi hijo mayor cuando era pequeño, nos pasó un accidente muy parecido al que describo en la novela. Por supuesto, hay que exagerar un poco para que se vuelva interesante, literariamente hablando, y usar palabras bastante más detalladas de lo que sería un mero recuento de la anécdota que le cuentas a alguien en corto.
Para hacerlo literario, hay que meterle más adjetivos y una descripción más larga que el apenas minuto y medio que duró la carrera con todo e incidente.
En fin, que aquí les estamos revelando, gracias a Hannelore Adler Gailwain, un poquito más de esos procesos creativos y de cómo tienes que moldearte con base en ti mismo si quieres un buen texto. Pero cuidando que no haya demasiado “yo” en esas páginas resultantes. Y recuerden que aquí pueden leer su entrada.



Hola, estimado Gonzalo, no sé si escribiste tú o Hanne, en todo caso, es un post o artículo muy interesante porque planteas una duda existencial del escritor: ¿hasta qué punto es contable tu historia o es entrometerte en tu vida privada y enrolar a los demás en ella? Yo, francamente, uso anécdotas también de mi vida, a veces, pero muchas cosas o la mayoría son ficción. Los personajes no están basados en mí, aunque tienen alguna cosa mía, de mis vecinos, de mi familia, amigos, etc. Es curioso cómo la inspiración surge de cada entorno, de cada experiencia única que has vivido pero que sin duda resuena para todos porque muchos compartimos historias y experiencias. Lo vivencial está en muchas partes de las obras, así que muchas veces en algunos casos es difícil separar al escritor de la obra, pero. sin duda, considero que un buen escritor o escritora debe saber abstraerse de su vida y solo crear. Un truco que usan algunos que están encasillados en un solo género es usar siempre el mismo género y hacerlo actual, es decir, tratar temas contemporáneos, pero eso, obviamente, no es crear de cero a veces, sino copiar la realidad. Yo aconsejaría que inmiscuirse en la historia como personaje o protagonista no es aconsejable, desde mi punto de vista, aunque sí que puedes establecer cosas tuyas como detalles que dan credibilidad a la obra y que le otorga realismo y verosimilitud. Pero en cuánto a que haya que exagerar no estoy tan de acuerdo y depende del género. La Ia es una historia aparte que deberías tratar también. Sería muy interesante divagar sobre eso en concreto. Muchas gracias y sigue así.
Yo no puedo evitar ser yo, porqué todos los personajes son yo. Pero igual el único lector soy yo, así que no hay gran problema.
Igualmente lo que mencionas de la IA es cierto, pero ese es un mal uso de la IA por la persona, no un problema causado por la IA, está jamás decide que hacer o escribir, todo es responsabilidad del autor.