El pájaro que olvida cómo volar
O lo que le pasa a Damiana cuando el mundo le queda chico
Bonjour, queridos amigos. La entrada de hoy la escribo desde el nido, con Greta enroscada sobre mis piernas como si fueran su propiedad exclusiva, que técnicamente son. Su ronroneo, me ayuda con los episodios de fibro. Es un ganar-ganar.
La semana pasada las musas y yo salimos en pie de guerra contra las etiquetas de géneros editoriales. Esta semana la novela me regaló una escena que no estaba buscando. Eso pasa a veces: uno cree que está avanzando según la escaleta y de pronto un personaje se para en medio del camino y dice aquí hay algo que no has visto todavía. Damiana me paró así. Y tuve que sentarme a escucharla.
La escena comienza con ella asomada por la rendija de la cortina, con Eloísa pegada a la falda, observando cómo su tata adoptivo, don Juan Cóyotl le pasa a su mamá algo a escondidas, como quien no quiere la cosa. Lo que escucha la deja helada: su papá amenaza con mandarla a Coxcatlán si sigue con sus “tonterías”. Y su mamá, esa mujer que a Damiana le gustaría que la defendiera, se hace chiquita detrás del rebozo como siempre.
Lo que más me interesó escribir no fue la amenaza en sí, sino lo que le pasa a Damiana después. Ese peso silencioso de sentir que todos a su alrededor hacen algo importante mientras ella se queda atrás, haciendo lo de siempre, lo que se espera, lo que no cuenta como historia. Que la vida grande está pasando del otro lado de la cortina y ella lleva tanto tiempo mirando por la rendija que ya casi olvidó que alguna vez quiso salir.
La pregunta que me quedó rondando mientras escribía es una que creo que muchos conocemos bien: ¿En qué momento dejamos de perseguir lo que queríamos y empezamos a administrar lo que nos quedó?
En 1910 en Axalpam ese momento llegaba temprano y sin aviso. Pero Damiana no lo acepta. Sale con el machete en la cintura y el corazón en la garganta, rumbo al río. Pueden leer el fragmento completo aquí.
Dato random del día: Erlend Loe, cuya novela Doppler terminanos de analizar en el curso con el profesor Julio Sarabia, construye a su protagonista exactamente así: desde lo que no dice, desde lo que observa antes de decidir que ya no puede seguir viviendo como vivía. A veces los personajes más vivos son los que se niegan a renunciar en silencio.
Consejo de unicornia: Si están escribiendo un personaje que se siente invisible o atrapado, resistan el impulso de explicarlo en el texto. Muestren el gesto pequeño, el momento en que algo cambia sin que nadie más lo note. Damiana no le dice a nadie que está harta. Se ata el rebozo y sale.
¿Han escrito alguna vez un personaje que siente que su papel es irrelevante en la historia que viven? ¿Cómo lograron mostrar esa tensión sin volverla un monólogo de queja? Cuéntenme en los comentarios, me ayudan a pensar.
Gracias por acompañarme en este recorrido literario. Si quieren seguir de cerca los avances de Pan tibio y un beso de pólvora, los haikus domingueros y el caos creativo de las musas, los invito a suscribirse, es gratis.
Pórtense mal y hasta la próxima.


